Arquelogía. En el norte de Cusco, varias series de anillos geométricamente diseñados brindan indicios de lo que habría sido un espacio de control y experimentación agrícola.
Naira de la Zerda / Cusco - 15/05/2012.-Los ojos acostumbrados a la paleta de colores ocres que ofrece el altiplano no pueden menos que sorprenderse ante el contraste del rojo de la tierra, el amarillo de las flores y el verde de las plantas del paisaje que rodea a Cusco.
A una hora de viaje, más o menos a 50 kilómetros de la ciudad peruana y a siete del pueblo de Maras, el viajero se encuentra con unas ruinas “invisibles” a la mirada inicial e inocente del turista que se deja llevar hasta una meseta que pareciera no tener nada de especial.
Sin embargo, al bajarse del bus, a unos pasos de distancia están las ruinas de Moray. A esta altura es imposible apartar la atención de una serie de anillos de gran magnitud que forman una especie de anfiteatro.
De pronto, al comprender la magnitud real de la construcción y cuando los guías relatan su misteriosa función para la cultura inca, el shock es mayor aún. La hipótesis popular sostiene que este sistema, geométricamente circular, habría sido un centro de investigación agrícola de los incas.
Las ruinas se encuentran muy cerca de Maras, en la provincia de Urubamba, sobre una meseta ubicada a una altitud de 3.500 metros sobre el nivel del mar, razón por la que la depresión artificial es casi imperceptible a simple vista, pues se encuentra en la base del cerro Wayñuymarka, a 4.100 msnm.
Moray consta de varias series de anillos, geométricamente diseñados, que van de grande a pequeño, en forma de un cono o embudo. Están cortados en piedra caliza cárstica y a cada lado y en cada nivel hay unas escaleras por las que se puede llegar hasta el centro. Según los guías turísticos, en la base de esta especie de anfiteatro hasta el día de hoy se hacen ofrendas de diferente índole a la Pachamama.
Funcionalidad
Como no existe bibliografía o información precisa sobre el uso exacto de esta infraestructura, y para comprobar si fue o no un centro de control y experimentación agrícola, Jonh Earls -físico y antropólogo australiano, catedrático en la carrera de antropología de la Universidad Católica de Lima- efectuó una serie de indagaciones al respecto.
Las condiciones que según el experto debía tener el complejo para ser considerado un centro de investigación son que la variación climática entre andenes fuese significativa y coherente con el sistema geométrico del complejo, independientemente de la variación de clima natural; que se pudiese identificar mecanismos artificiales para el control de las condiciones climáticas; y la inclusión dentro del diseño del complejo de las fechas importantes del calendario inca.
Earls hizo un estudio detallado de la temperatura del suelo, ya que es más estable e importante para el crecimiento de las plantas que el aire, y estructuró la investigación en períodos de 12 días, durante un ciclo anual, entre 1993 y 1994.
Las conclusiones demuestran que Moray cumple las condiciones necesarias para funcionar como un área de observación dedicada a la planificación de la agricultura en los grandes centros del imperio Inca.
Los diferentes tipos de plantas podían ser cultivados en distintos sectores y en variadas posiciones, lo que permitía el establecimiento de sus límites máximos y mínimos de tolerancia ante diversas condiciones climáticas.
Sobre los eventos astronómicos, Earls observó que son visibles en partes estratégicas del complejo Moray.
El mes (sinódico lunar) anterior al solsticio de invierno (21 de junio) está marcado por el inicio y final de una sombra que toca un extremo del montículo artificial llamado Ñusta, (princesa en quechua), lugar considerado sagrado y escenario de diferentes sacrificios al Tata Moray, la deidad regional.
Asimismo, los equinoccios del 21 de septiembre y del 21 de marzo estarían remarcados por otra sombra que forma una línea recta que atraviesa el centro del principal sistema de anillos, Qechuyoq, y que pasa por el montículo Ñusta.
Este estudio forma parte del libro de Earls, La agricultura andina ante una globalización en desplome. En sus conclusiones, este investigador sostiene que esta forma de trabajar la tierra era eficaz para minimizar el riesgo en las cosechas ante las fluctuaciones del clima.
Conocedores o no de la teoría de Earls o cualquier otro investigador, cuando uno visita las ruinas de Moray y recorre sus andenes, los terraplenes, pasadizos circulares y los diferentes pisos, no puede menos que imaginarse, casi adivinar o intuir que no podría haber un escenario más acorde -ante la obvia carencia tecnológica y científica de la era prehispánica- para que los habitantes del actual Perú efectúen labores entonces a la vanguardia de la ciencia y el desarrollo del conocimiento.
Esta especie de oasis hundido en la inmensidad del altiplano, encierra misterios e incertidumbres históricas y antropológicas, pero lo que no está velado, ni deja lugar a dudas, en medio del contraste del rojo de la tierra, el amarillo de las flores y el verde de las plantas, es la enorme riqueza cultural de la región otrora en dominios del imperio incaico.
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