Narra un supuesto diálogo en el infierno entre dos gigantes de la teoría política: Maquiavelo y Montesquieu. El último sostiene, en el libro, la tesis del continuo progreso de la democracia. Habrá la liberalización y legalización crecientes de las instituciones y costumbres. Estas harán imposible el retorno a prácticas anti-democráticas.
Maquiavelo contesta que es posible concebir otra cosa en materia de despotismo que no sea el despotismo “oriental”. Este, desde la muerte de Stalin, ha demostrado ser viable en forma colegiada y sin culto de la personalidad, al cual se lo creía ligado. El despotismo moderno, cuya teoría elabora Joly, parece viable independientemente del “poder personal” al que espontáneamente lo vincularíamos. Que el autoritarismo sea personal o colegiado es una cuestión secundaria.
Lo que importa es la confiscación del poder, y los métodos que es preciso seguir para que dicha confiscación sea tolerada, o pase en gran parte inadvertida por sociedades con tradición democrática occidental. Joly describe esos métodos afirmando que el despotismo moderno se propone “no tanto violentar a los hombres como desarmarlos, no tanto combatir sus pasiones políticas como borrarlas, menos combatir sus instintos que burlarlos, no simplemente proscribir sus ideas sino trastocarlas, apropiándose de ellas”.
Joly percibe con clarividencia el papel que un régimen semejante asigna a la técnica de manipulación de la opinión pública. A esta opinión “es preciso aturdirla, sumirla en la incertidumbre mediante asombrosas contradicciones, obrar en ella incesantes distorsiones, desconcertarla mediante toda suerte de movimientos diversos...”
¿Cómo no identificar también una táctica clásica en nuestros tiempos cuando Joly hace que Maquiavelo aconseje al déspota moderno que multiplique las declaraciones izquierdizantes sobre política exterior, con el objeto de ejercer más fácilmente la opresión en lo interno? Fingirse progresista platónico en el exterior, mientras en el país explota el terror a la anarquía, el miedo al desorden, cada vez que un movimiento reivindicativo traduce alguna aspiración de cambio...
Teórico antes de tiempo de los medios masivos, el Maquiavelo de Joly subraya con fuerza “el importante papel que, en materia de política moderna, está llamado a desempeñar el arte de la palabra”. Indica cómo se debe diseñar la fisonomía – “la imagen”, diríamos actualmente – del príncipe: insistir en la impenetrabilidad de sus designios, en su poder de simulación, en el misterio de su “verdadero” pensamiento. De ese modo, la versatilidad del jefe, al amparo de su mutismo, parece profundidad, y su oportunismo enigmático, sabiduría. Se olvidan los mediocres resultados de su accionar por medio de palabras pomposas, pues se termina por no distinguir una cosa de otra.
Joly percibe claramente que el despotismo moderno no debe de ninguna manera suprimir la libertad de prensa, lo cual sería una torpeza. Más bien debe canalizarla, guiarla a la distancia, empleando mil estratagemas, cuya enumeración constituye uno de los más sabrosos capítulos del Diálogo entre Maquiavelo y Montesquieu. La más inocente de tales artimañas es, por ejemplo, la de hacerse criticar por uno de los periódicos a sueldo a fin de mostrar hasta qué punto se respeta la libertad de expresión.
A la inversa de lo que ocurre en el despotismo oriental, conviene al despotismo moderno dejar en libertad a un sector de la prensa, suscitando, empero, una saludable propensión a la autocensura por medio de un depurado arte de la intimidación. En otro sector, el Estado mismo debe hacerse periodista. Visión profética, tanto más si se tiene en cuenta que Joly no pudo prever la electrónica, ni que llegaría el día en que el Estado podría apropiarse del más influyente de todos los órganos de prensa de un país: la radio-televisión. Huelga decir que, cuando fue escrito este prólogo, el internet y menos aún las redes sociales ni siquiera se vislumbraban.
Uno de los pilares del despotismo moderno es, entonces, la sub-información que, cuanto mayor es, menos la perciben los ciudadanos. Todo el arte de oprimir consiste en saber cuál es el umbral que no conviene trasponer, ya sea en el sentido de una censura demasiado conspicua, como en el de una libertad real.
Por añadidura, el potentado puede contar con la certeza de que difícilmente la masa ciudadana se indigna por un problema de prensa o de información. Sabe que en lo íntimo el periodista es entre ellos más impopular que el político que los amordaza.
Se trata de la destrucción de los partidos políticos y de las fuerzas colectivas, de quitar prácticamente al Parlamento la iniciativa con respecto a las leyes, y transformar el acto legislativo en una homologación pura y simple. También se trata de politizar el papel económico y financiero del Estado a través de las grandes instituciones de crédito, de utilizar los controles fiscales, ya no para que reine la equidad fiscal, sino para satisfacer venganzas partidarias e intimidar a los adversarios.
Igualmente, se trata de hacer y deshacer constituciones, sometiéndolas en bloque al referéndum, sin tolerar que se las discuta en detalle, de exhumar viejas leyes represivas sobre la conservación del orden para aplicarlas en general fuera del contexto que les dio nacimiento (por ejemplo, una guerra extranjera terminada hace rato). De la misma manera, se trata de crear jurisdicciones excepcionales, cercenar la independencia de la magistratura, definir el “estado de emergencia”, fabricar diputados “incondicionales”, bloquear la ley financiera por el procedimiento de la “depresupuestación” (si el vocablo no existe, existe el hecho), promover una civilización policial, impedir a cualquier precio la aplicación del habeas corpus.
Nada de todo esto omite este manual del déspota moderno sobre el arte de transformar insensiblemente una república en un régimen autoritario o, de acuerdo con la feliz fórmula de Joly, sobre el arte de “desquiciar” las instituciones liberales sin abrogarlas expresamente. La operación supone contar con el apoyo popular y que el pueblo (lo repito por ser condición indispensable) esté sub-informado. Que, privado de información, tenga cada vez menos necesidad de ella, a medida que le vaya perdiendo el gusto.
Por consiguiente, la dictadura puede afirmarse con fuerza a través del rodeo de las relaciones públicas. Pero, claro está, cuando se torna necesario, parafraseando una expresión de Clausewitz, el mantenimiento del orden no es otra cosa que las relaciones públicas conducidas por otros medios.
Las diferentes controversias acerca de la dictadura, el “fascismo” etc., son vanas y aproximativas si se reduce la esencia del régimen autoritario únicamente a ciertas formas de su encarnación histórica. Pretender que un detentador del poder no es un dictador, porque no se asemeja a Hitler, equivale a decir que la única forma de robo es el asalto, o que la única forma de violencia es el asesinato.
Lo que caracteriza a la dictadura es la confusión y concentración de poderes, el triunfo de la arbitrariedad sobre el respeto a las instituciones, sea cual fuere la magnitud de tal usurpación. Lo que la caracteriza es que el individuo no está jamás al abrigo de la injusticia cuando solo la ley lo ampara. No se trata solo de los medios para alcanzar tales resultados.
Es evidente que esos medios no pueden ser los mismos en todas partes. Las técnicas de la confiscación del poder en las modernas sociedades industriales de tradición liberal, donde el espíritu crítico es por lo demás una tradición que hay que respetar, donde existe una cultura jurídica, no pueden ajustarse al modelo del despotismo ruso o libio. Más aún, la confiscación del poder, cuando se realiza en tiempo de paz y prosperidad, no puede asemejarse, ni por su intensidad ni su estilo, a una dictadura, instaurada a continuación de una guerra civil, en un país económicamente atrasado y sin tradiciones de libertad.
Lo que Maurice Joly aporta a la ciencia política, es la definición exacta y la descripción minuciosa de un régimen muy particular: el de la democracia desvirtuada, llamado cesarismo por los antiguos. Pero es un cesarismo moderno, que luce el ropaje del sistema político nacido de Montesquieu: un cesarismo de levita, o, lo que es igual, con disfraz de teatro.
La democracia desvirtuada tiene sus propias características. En estos tiempos, en que se confunden los conceptos, conviene subrayar el hecho que este régimen no es el totalitarismo de las dictaduras clásicas. En el origen del cesarismo se halla la voluntad popular. Jerome Carcopino, un gran historiador de Roma, escribió: “es propio del cesarismo apoyarse justamente en la voluntad de aquellos a quienes aniquila políticamente”. Es con indiscutible apoyo popular que los monarcas elegidos reducen a la impotencia a sus adversarios. Digo impotencia, y no silencio, porque la intención y la astucia de los agentes de este tipo de régimen son el crear una mezcla de democracia y dictadura.
Llamo “democradura” a este tipo de régimen, que designa el uso abusivo del principio de la mayoría. Este régimen no es ni totalitarismo ni dictadura clásica. Tampoco el totalitarismo es sinónimo de dictadura clásica. El totalitarismo exige mucho más del ciudadano que la “democradura”. Estas últimas no se interesan más que por el poder político y el económico. Si el ciudadano no molesta y no dice nada, no tendrá problemas. Basta con su pasividad.
El totalitarismo, en cambio, pretende hacer de cada ciudadano un militante. La sumisión no le basta, exige el fervor. La diferencia entre un régimen simplemente autoritario y uno totalitario está en que el primero quiere que no se le ataque, y el segundo considera un ataque todo lo que no es un elogio. Al primero le basta con que no se le desfavorezca. El segundo pretende además que nada se haga que no le favorezca.
La lección más importante que da el libro de Maurice Joly es que la democracia no consiste en que haya apoyo popular. Más bien se trata que haya reglas que codifiquen el derecho absoluto del hombre a gobernarse a sí mismo. Edmond Burke, en sus Reflections in the Revolution in France, dice que el primer derecho del hombre, en una sociedad civilizada, es el de estar protegido contra las consecuencias de su propia necedad. En tanto, Joly pone en boca de su Montesquieu: “Unos años de anarquía son a veces menos funestos que varios años de silencioso despotismo”.
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