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Mar, May

Que no te la charlen, caserita, ¿cachai?

Internacional
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Hacer flamear una bandera boliviana en las playas chilenas con la complicidad de las poetas. Ellas saben que en realidad siempre fuimos, somos y seremos una misma cosa.


Verónica Delgadillo .- Primero fue el temporal y luego un aluvión arrasó con casas, vidas de personas y la biblioteca del Puerto de Chañaral. Era marzo de 2015. Tres años después me tocaría ver cómo bajo unas carpas, el amor por la literatura movía a Omar Monroy a reconstruir la biblioteca de la ciudad, de a poco y con calma, sumando libros de donaciones y pequeñas compras de las empresas —mineras en su mayoría— que aun trabajan en esa región.

El Puerto de Chañaral está muy lejos de La Paz, tan lejos que es parte de la historia del diferendo del corredor de Atacama, ese que luego derivó en la Guerra del Pacífico y terminó en lo que todos ya conocemos de sobra: un tratado. Todos se dieron la mano muy caballeros y perdimos lo que canta la canción: Antofagasta, tierra hermosa, Tocopilla, Mejillones junto al mar, con Cobija y Calama…; y el amigo Perú perdió también lo suyo, aunque en aquella disputa y hasta hoy Chañaral siempre fue de Chile.
Fue culpa del poeta chileno Juan Cameron, que sea Chile el primer país que me abriera las puertas hacia ese maravilloso quehacer literario que son los Encuentros de escritores. A Juan lo conocí en Santa Cruz en una de las versiones del Festival Internacional de Poesía Ciudad de los Anillos. Juan es un chileno de Valpo, pero en la cara se le ve cuan escocés es; es un Cameron del clan Cameron. Siempre que voy a Santiago debo ir a Valpo. Juan es un encuentro insustituible. La primera vez que lo visité, subimos en el teleférico y nos llevó a MariJo y a mí al mar. Para los chilenos es un acto muy cariñoso llevar a los amigos bolivianos al mar, aunque siempre se acompañe con una aclaración jocosa —como la de Juan—: “esta parte del mar siempre fue nuestra, chiquillas”. Aquella primera vez almorzamos en un restaurante peruano; es una maravilla, los peruanos son la salvación de la gastronomía chilena, dice Juan, y ahora con los haitianos y venezolanos, ojalá en un tiempo dejemos de ser tan fomes los chilenos y tengamos más sabor.

Para los chilenos es un acto muy cariñoso llevar a los amigos bolivianos al mar, aunque siempre se acompañe con una aclaración jocosa -como la de Juan-: “esta parte del mar siempre fue nuestra, chiquillas”.

Un viaje de casi 27 horas —más de 40 en el caso de Oscar Puky Gutiérrez, compañero de viaje en esa ocasión, que venía desde Santa Cruz—. Fuimos en bus hasta Arica, hicimos un descanso en casa de Erna Aros, poeta y gestora cultural ariqueña. Erna organiza encuentros tripartitos de escritoras mujeres bolivianas, chilenas y peruanas porque somos las mismas, dice Erna, uno puede andarse por esta región, Chile, Perú, Bolivia, no hay diferencia. Volví un año después a su casa con Sulma Montero como parte de las actividades de ese Encuentro Tripartito y la Primera Feria internacional del Libro de Arica. Visitamos una escuelita en un pueblito cuyo nombre no recuerdo, el aula con doce adolescentes de los cuales siete eran bolivianos; recuerdo a la poeta peruana Cecilia del Sol que al unísono cantaba en quechua la misma canción que una niña chilena cantaba en aymara. Somos los mismos, dijo Erna.

“Son personas maravillosas”, me había dicho Puky ante mi preocupación por incomodar la primera vez que llegué a casa de Erna. Y lo son.

Visitamos una escuelita en un pueblito cuyo nombre no recuerdo, el aula con doce adolescentes de los cuales siete eran bolivianos; recuerdo a la poeta peruana Cecilia del Sol que al unísono cantaba en quechua la misma canción que una niña chilena cantaba en aymara. Somos los mismos, dijo Erna.

Volvamos. El Encuentro de escritores en el desierto de Atacama en su versión número XXV convocó a poetas de Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador, México, Perú y Uruguay. Se realizó en el marco de las fiestas de fundación del puerto y se nos pidió a los invitados llevar la bandera de nuestro país. Yo cargaba con mi bandera a todos lados, no flameándola, recordemos que estábamos en el mismísimo corredor de Atacama, y que si aquella disputa de fines del XIX la ganaba la Alianza, el puerto de Chañaral (el más cercano a la línea boliviana en conflicto) sería boliviano o peruano. Yo cargaba mi bandera a todos lados como la pequeña nerd que —en su primer Encuentro de escritores fuera de Bolivia— quería estar siempre lista. Eso y porque tenía el pequeño plan secreto de flamearla en la orilla de ese lamentado y perdido litoral (es muy boliviano esto, e irreductible e incuestionable), sólo esperaba encontrar a los aliados y a los cómplices precisos. El plan no era chiste, quien ha entrado por tierra a Chile sabe que una vez se pasa ese cerro que parece una empanada blanqueadita de lacayote, el Sillajhuay, la tricolor chilena flamea hasta en la más solitaria casita de ese inmenso desierto.

(...) quien ha entrado por tierra a Chile sabe que una vez se pasa ese cerro que parece una empanada blanqueadita de lacayote, el Sillajhuay, la tricolor chilena flamea hasta en la más solitaria casita de ese inmenso desierto.

El último día nos llevaron a un mirador hermoso en el que algunos escritores presentamos nuestros libros. Mi Ausencia del árbol lo presentó Juan Cameron; meses antes él le había escrito un prólogo hermoso a ese libro, gesto que agradeceré toda la vida pues dice Samaipata, dice árbola, dice pájara, dice Norah Zapata, Blanca Wiethüchter y alta poesía. Por eso y el vino, Cameron es mi chileno escocés favorito.

En un momento de descanso y paseo en el que todos iban distraídos con una feria de artesanías, bajamos con Sulma Montero y Puky Gutiérrez (los cómplices) hacia la playa de ese pedazo de mar tan simbólico. A ese momento de contemplación se unieron la poeta chilena María Cristina Larco y las poetas colombianas María Helena Giraldo y Miryam Alicia Sendoya (las aliadas). En un instante, María Cristina se acerca y me pregunta: Vero, la bandera que siempre cargas ¿la tienes ahora? Sí, le dije. Sácala, me dijo. El instinto me llevó a mirar al puesto de gendarmería que había en un pequeño cerrito, desde donde nos observaban dos gendarmes. Extendimos la bandera y la hicimos flamear hasta que los gendarmes tocaron un silbato. Guardamos la bandera apresuradas y María Cristina nos envolvió en un abrazo diciendo suavecito: en realidad siempre fuimos, somos y seremos uno; y este mar también es suyo, sépanlo. Subimos la cuesta del cerro con satisfacción, una mezcla de complicidad, compañerismo, como cuando decidiste chuñearte la clase y todo salió perfecto.
En un instante, María Cristina se acerca y me pregunta: Vero, la bandera que siempre cargas ¿la tienes ahora? Sí, le dije. Sácala, me dijo. (...) Extendimos la bandera y la hicimos flamear hasta que los gendarmes tocaron un silbato. (...) En realidad siempre fuimos, somos y seremos uno; y este mar también es suyo, sépanlo.

Más tarde ese día desfilamos ante la atenta mirada de los pobladores como invitados ilustres. Todos nos aplaudían, bienvenidos, decían, bienvenidos poetas del mundo. Desfilamos después de los militares y los niños de escuela, qué digo, cerramos el desfile, fuimos el plato fuerte de la tarde, y nos anunció el mismísimo alcalde. La tricolor boliviana flameó enarbolando la poesía por las calles resilientes de un pueblo que ciento y pico años antes se puso en armas para lo de Tocopilla, Mejillones junto al mar; y ciento y pico años después emergió del lodo y lo primero que hizo fue reconstruir su biblioteca. Uno nunca sabe lo que le va tocar vivir. Es mágico ese desierto, y la gente que nace allí, también.

Yo podía decir hasta entonces que Juan era el chileno más generoso que había conocido; el más divertido, el anfitrión de lujo en Valparaíso que nos lleva a pasear en bus a mis hijas y a mí; pero sería una apreciación corta porque luego conocí a María Cristina Larco, la poeta del desierto, a Margarita Bustos y Alejandra Doepking, con quienes la pasamos bomba en el Encuentro feminista de escritoras en Arequipa. También a Marcelo Rojas —con quien comparto título de Comunera otorgado en Santander, Colombia—, Nelly, Erna, Ximena, y a Omar Monroy gracias a quien luego fue Ecuador y Perú y Colombia, y esa hermosa familia en la literatura que ahora me llena tanto en diferentes puntos del mundo.

En este hacer memoria, que también coincide con la reciente inauguración de la nueva biblioteca de Chañaral —noticia que me alegró el corazón como si fuera mía—, pienso que de cierta manera Chile me abrió las puertas y me recibió como si yo fuera familia, y de la misma manera yo podría decir que Chile fue el puerto desde donde zarpé con mis libros y mis letras a otros lugares y otros países. Cada quien puede tener su historia con Chile, la mía es de hermandad, la mía es de generosidad y de cariño. Desde ese papá con quien compartimos fila en el Movistar Arena en Santiago, que nos cubrió del sol con su paraguas, y nos invitó agua mientras nuestras hijas esperaban el concierto de K-Pop; hasta Margarita en Arequipa que convenció a un docente universitario para que comprara mi libro a un claro sobreprecio, y así poder financiar mi viaje de vuelta a La Paz, porque en ninguna Casa de Cambio aceptaron mi único y maltratado billete de 20 $US. Dentro y fuera de su tierra, los chilenos de mi vida siempre se han portado como hermanos.
Cada quien puede tener su historia con Chile, la mía es de hermandad, la mía es de generosidad y de cariño.

Recuerdo nuevamente la escuelita en ese pueblito minero de Arica, el aula con estudiantes en su mayoría de nacionalidad boliviana, a la poeta peruana Cecilia del Sol cantando al unísono en quechua el mismo huayñito que una niña chilena canta en aymara mientras Sulma Montero, poeta boliviana, baila; y escucho la voz de María Cristina Larco, la poeta del Desierto de Atacama, repitiendo suavecito: “fuimos, somos y siempre seremos uno”.
Verónica Delgadillo Vargas. Camba perturbadora e indisciplinada. Poeta. Confesa adicta al café sin azúcar, las arepas y el somó. Compra más películas de las que podrá ver y le gusta mucho ir a conciertos de rock.